Viernes 4 de diciembre 2015

Shabat Vaieshev

Base para Torá desde el Seminario 01

 

“De juzgar y reconocer”

Bereshit (Génesis) 37: 1 – 40:23

 

La parashá de esta semana trae varios de los capítulos más conocidos de la historia de Iosef. Pero en el medio de esas historias, en el capítulo 38, trae una un poco menos conocida, pero claramente muy trascendente para los judíos: La historia de Iehudá y Tamar.

 Iehudá, hijo de Iaacov, tenía tres hijos. Tamar es tomada por esposa para el primero de ellos, Her. Al morir este, el segundo hijo –Onan- toma por esposa a Tamar. Él también muere, y Iehudá en lugar de entregar a su tercer hijo – Sheláh-, le pide a Tamar que espere en “su viudez” a que este hijo crezca un poco más para que la tome por esposa (recomiendo la lectura de este capítulo 38, es muy interesante: Iehudá temía que Tamar provoque la muerte de su tercer hijo. Surge claramente del texto que los hijos de Iehudá habían muerto por hacer cosas que desagradaban a Dios, y no por culpa de Tamar)

Tamar oculta su identidad, se hace pasar por ramera y le pide como paga su sello, su cordón y su cayado que está en su mano. Iehudá tiene relaciones con ella y ella queda embarazada. La Torá relata la situación de la siguiente manera: “24. Ocurrió que al cabo de unos tres meses le fue anunciado a Iehudá diciendo: Se ha prostituido Tamar – tu nuera – y también está encinta, por prostitución. Dijo Iehudá: Sáquenla, que sea quemada. 25. Ella era sacada y ella mandó decir a su suegro: Del hombre a quien estas cosas pertenecen yo estoy encinta. Y dijo: Reconoce -por favor- ahora, de quién es el sello, los cordones y el cayado, éstos. 26. Lo reconoció Iehudá y dijo: Ella es más justa que yo, ya que no la he dado para Sheláh, mi hijo. …”

Sobre el versículo 25 dice el Midrash: “Y dijo: Reconoce -por favor- ahora, de quién es el sello, los cordones y el cayado, éstos.” (Bereshit 38:35). Comentó Rabí Iojanan: Le dijo el Santo Bendito Él a Iehudá: tú le dijiste a tu padre “Haker Na – Reconoce, por favor, ahora…” (Bereshit 37:32), por tu vida que Tamar te dirá “Haker Na” (Midrash Bereshit Rabá, 85 Siman 11 – lo aprendí en mi primera clase de Midrash en el Majón Schechter de Ierushalaim).

Este Midrash nos muestra una clara señal de “Midá ke-negued midá”, una retribución por lo hecho. Iehudá había hecho reconocer a su padre Iaacov el “cutonet pasim” (la túnica de Iosef) supuestamente desgarrada y manchada de sangre, para que él creyera que su hijo Iosef había sido devorado por una fiera. Se interpreta entonces que así como Iehudá le había hecho mal a su hermano Iosef, ahora estaba pagando el precio de aquella falta. Con las mismas palabras “haker ná – reconoce por favor”, debió reconocer su error.

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Escuché la siguiente anécdota en mi primera clase con el Rab Shmuel Glick: Un joven israelí, para nada religioso, necesitaba urgentemente un trasplante de médula ósea. Su pedido apareció públicamente, y un hombre ultraortodoxo se conmovió tanto con la historia que contaba que se acercó hasta el centro médico y pidió que le hagan los estudios necesarios para saber si era un posible donante. Luego de unos días los resultados dieron ‘positivo’: era un donante compatible. Pidió entonces conocer al joven que recibiría el trasplante. Charlaron varias horas, y el hombre jaredí sintió que era una mitzvá salvar la vida de este joven.

Volvió a su casa y le contó a su padre lo que estaba dispuesto a hacer. El padre, de carácter serio y pocas palabras respondió: -¿Quién es este joven? -¿Quién es su familia? Al escuchar la respuesta de su hijo, el hombre con tono terminante dijo: te prohíbo que seas donante para este joven. ¡Sobre mi cadáver vas a ser donante para este joven!!! No dio más explicaciones, por más que su hijo intentó saber los por qué y convencerlo de la importancia de salvar una vida.

Acudió el hombre que quería ser donante a su rabino y le pidió que interceda ante su padre, y a pesar de los esfuerzos del rabino, el padre no dio “el brazo a torcer”: No cambió de parecer ni dio los fundamentos de su postura. El hijo habló con el rabino y le dijo: “Papá es un poco duro, pero con unas copas de vino va a aflojarse y hablar. Venga la noche del Seder de Pesaj, luego de beber las cuatro copas de vino del Seder, él abrirá su corazón”.

Y fue así. La noche del Seder de Pesaj, luego de la cena, vino el rabino a visitar, y volvió a pedirle explicaciones al padre. Esta vez, sí contó sus razones, diciendo: Rab, con todo respeto, quiero contarle qué es lo que sucede. Sabe usted, yo soy sobreviviente de la Shoá. Yo tenía un hijo muy pequeño, que vivía escondido conmigo dentro del pabellón. Los nazis no nos daban comida, y por las noches enviábamos al niño a que robe alimentos de la cocina de los nazis. El padre del joven que necesita el trasplante estuvo en el mismo campo de concentración que yo. Él era un experto en la fabricación de bombas, por ello, los nazis lo dejaban andar libremente por el campo de concentración. Él andaba por todos lados orgullosamente, siempre acompañado por dos guardaespaldas.

Un día, este judío experto en bombas, entró a nuestro pabellón, buscó por todos lados, agarró a mi pequeño hijo con total desprecio, lo sacó afuera, y le dio dos tiros. Por esto no quiero que mi hijo ayude a su hijo.

El rabino, atónito por la tremenda vivencia que estaba escuchando, le dijo que quizás había que enfrentarse a este hombre, y ver qué había pasado, si se había arrepentido. Y por sobre todo, remarcó que el joven que tanto necesitaba el trasplante, no era culpable por los pecados de su padre.

A regañadientes, se produjo el encuentro.

El antiguo experto en bombas empezó a contar su vivencia de aquella lejana y dolorosa historia. Ciertamente él había tenido que servir a los nazis en la construcción de aquellas malditas bombas. Y sobre aquel particular evento, contó: Los nazis se habían enterado que había un niño escondido en el pabellón que les estaba robando comida, y decidieron matar a todos los hombres de aquel pabellón. Yo logré convencerlos de que solamente maten al niño, y de este modo salvar al resto de los que se encontraban allí. Ellos me escucharon, pero el que tenía que matar al niño era yo… Me era imposible matar al pequeño. Por ello, maté a mis dos guardaespaldas nazis, y escondí al pequeño en un monasterio. Los nazis se enteraron de mi traición, me pegaron tanto pero tanto, que supe que jamás podría engendrar hijos. Pero no me mataron, porque yo les era extremadamente útil y necesario. Al finalizar la guerra, pasada la horrible Shoá, fui al monasterio y busqué a aquel niño. Lo cuidé y lo crié todos estos años. Por eso estos dos jóvenes son compatibles para el trasplante: ellos son hermanos.

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Dos relatos fuertes, que nos tienen que llamar a la reflexión. En el relato bíblico, Iehudá estaba sentenciando por algo que él mismo había hecho. En la anécdota más cercana a nuestros días, un padre que no podía ver la importancia de la vida del que finalmente resulta ser su hijo que creía muerto.

Hace muchos años aprendí de mi amigo y moré Uri Romano una mishná del Pirkei Avot 1:6 que dice:

ve-evei dan et col ha-adam le-kaf zjut“, juzga a todas las personas favorablemente.

Estamos muy acostumbrados a juzgar y prejuzgar. Y por lo general, nos cuesta mucho reconocer cada vez que nos equivocamos. Es más fácil encerrarse en lo que uno considera ‘verdadero’, sin reparar en el otro.

Espero que los relatos que comparto con ustedes, nos ayuden a pensar dos veces antes de opinar y considerarnos con atribuciones para ser jueces de qué y cómo hacen las cosas las otras personas. Que podamos reconocer nuestras fallas y mejorarlas.

Que podamos juzgar para bien a los nuestros, y que podamos reconocer en ellos maestros y afectos.

Que tengamos la brajá de ser generosos con nosotros mismos y con los demás.

Desde Medinat Israel, donde a pesar de que a muchos no les guste, el pueblo judío sigue viviendo y creando día a día, y seguimos esperanzados en que algún día podremos vivir en paz en nuestra tierra, la Tierra de Israel.

 

SHABAT SHALOM UMEVORAJ

 

Meir Szames

Estudiante rabínico



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