Viernes 7 de abril 2017

Shabat Tzav (Hagadol)

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Parashat Tzav, al igual que Parashat Vaikra, tienen una norma interesante en relación a los alimentos que podían ofrecerse en el Bet HaMikdash. Se nos enseña allí que los panes que se utilizaban en el Mishkan (y luego en el Bet HaMikdash) eran panes no leudados, es decir Matzot. A excepción de los panes ofrecidos en Shavuot, todos los panes que se usaban en el templo eran Matzot.

La Matzá es la comida judía por excelencia. A diferencia de las típicas comidas en cualquier hogar judío, que son en realidad versiones propias de comidas de la zona en donde los judíos vivían. La comida judía más típica y autóctona que tenemos es precisamente la Matzá, que nos acompaña desde tiempos inmemoriales.

Pero… ¿desde cuándo? Tradicionalmente tendemos a pensar que desde la salida de Egipto. Sin embargo, esto tiene algunos inconvenientes. El primero es que la Parashá de esta semana menciona a las matzot como un símbolo importante del ritual sacrificial, sin conexión alguna con la salida de Egipto y el apuro en ese entonces.

El segundo inconveniente es que incluso en la historia del Éxodo, la Matzá aparece dos semanas antes de la salida de Egipto, cuando Dios le ordena a Moisés las leyes del sacrificio pascual. Si Moshé sabía con anticipación que iban a salir de Egipto ¿por qué no puede decirle a la gente que hornee pan para ese día? Además, ¿cómo sabe Moshé qué es la Matzá antes de que suceda el episodio del apuro en salir de Egipto? ¿Acaso no debería haberle preguntado a Dios ‘¿qué es eso?’?

Lo cierto es que la Matzá aparece, como podemos ver, en varios sitios de la Torá sin estar asociada al afán de la salida de Mitzraim. La Matzá no es en toda ocasión el ‘fast food’ del pueblo judío. Muy por el contrario, aparece asociada a una dimensión de elevada sacralidad, como es el servicio del Templo.

Entonces ¿qué hay de especial en la Matzá? La Matzá es un alimento con un significado simbólico muy especial, y su importancia no reside solamente en su explicación histórica sino fundamentalmente en su sentido espiritual. La Matzá es el pan esencial, el producto de juntar harina y agua y hornearlo. La Matzá es la forma que tiene el pan cuando es solamente esencia.

Entonces, ¿cómo se hace el pan? Hoy en día, en tiempos de un mundo industrial y sofisticado, es fácil hacer pan. Le agregamos un poco de levadura a nuestra masa, y será cuestión de minutos el ver cómo los hongos en la levadura comienzan a generar una fermentación que hace que el pan leude. Pero, ¿fue siempre así? La respuesta es que no. En la antigüedad no existía la levadura como la conocemos, sino que se utilizaba un proceso muy de moda hoy en panaderías boutique llamado ‘masa madre’. Para hacer el pan según este método, se utiliza un fermento, que los franceses llaman ‘levain’, los alemanes ‘sauerteig’ y los angloparlantes ‘sourdough’. Ese fermento es producto de dejar que se pudra un poco de la mezcla de harina y agua y que comience a fermentar. Mientras más se ‘descompone’, más crece. Ese producto se va alimentando gradualmente, mientras se va descomponiendo y fermentando hasta generar un producto que nos va a permitir, cuando lo agreguemos a la masa, alimentar el pan. (Aquellos que quieran más detalles sobre este proceso y instrucciones para hacerlo, les recomiendo el libro Cooked, de Michael Pollan, que dedica a esto un capítulo entero).

El pan entonces, requería de un producto que estaba malo, descompuesto, en cierta forma ‘podrido’, para poder fermentar. Y ese producto, se iba alimentando de a poco e iba creciendo, creciendo. Mientras más crecía, más aire iba a generar en el pan y más esponjoso y alto el pan. Los buenos panaderos van alimentando su Levain y lo conservan por décadas.

Ese compuesto en la Torá se llama ‘seor’, es el agente leudante que permite crear Jametz, y es lo que se nos prohíbe en el servicio del templo. Los maestros místicos enseñan, que el Seor es simbólico de aquella parte de nuestro corazón que no es buena. Que es necesaria o inevitable a veces en una medida baja, pero que sin darnos cuenta la vamos alimentando y alimentando día a día. Y sin darnos cuenta, va creciendo y burbujeando haciendo que nuestro ‘pan’ cada vez esté más lleno de aire, más alejado de nuestra existencia.

Pretendemos crecer, pero crecemos solamente en aire, en esponjosidad, y nos distanciamos de nuestra ‘matzá’ esencial que es la mejor versión de nosotros, aquella que no tiene nada ‘podrido’ en su composición.

Pero que el Seor crezca es algo que no podemos evitar. Todos tenemos aquel aspecto en nuestro interior que se va pudriendo y nos va distanciando de la esencia. Todos tenemos esa dimensión que nos infla y nos hace desconectarnos de una vida que debería ser fina, sin falsas apariencias ni agujeros de aire.

Y una vez al año, estamos llamados a hacer esa limpieza. A ir con la pluma y la vela, de manera cuidadosa y meticulosa, detrás de ese Jametz, para limpiarlo. Sabemos que no podemos ser como el templo. En un tiempo el Seor volverá a estar y a crecer. Pero si lo eliminamos por completo una vez al año, al menos no tendrá tiempo de crecer tanto como para que nuestra esencia sea irreconocible.

En estos días en los que estamos limpiando casas, carros, sinagogas y oficinas; que podamos tomarnos el tiempo para desterrar el Seor de nuestro corazón, reencontrándonos con una esencia fina y crocante, frágil y básica, despojada del aire de la vanidad y la distancia que imponen las apariencias. Que limpiemos más adentro que lo que limpiamos afuera, y así podamos tener un verdadero Pesaj, Sameaj y Kasher.

 

Shabat Shalom

Rab Guido Cohen.



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