Viernes 17 de abril 2015

Shabat Shminí

parasha 

Una de las épocas más interesantes de la historia de nuestro pueblo, la época del Segundo Templo, tuvo entre sus varios protagonistas a unos personajes a los que se conocía como ‘Sofrim’ y que fueron en cierto modo los predecesores de los ‘sabios’ en el tiempo en el que el poder en nuestro pueblo migró de los sacerdotes hacia los rabinos.

  Aunque hoy en día cuando hablamos de ‘Sofer’ nos referimos a un ‘escriba’, traducir la palabra Sofer es un desafío un tanto más complicado. Encerrada en la raíz de esta palabra está la idea ‘sefer’ que es libro, pero también la de ‘relato’ (sipur) y más curiosamente el vocablo español ‘cifra’ proviene de esta misma raíz semítica (sefar).  El Sefer Yetzirah, uno de los textos fundantes de la Kabbalah comienza precisamente con una alusión a este parentesco lingüístico entre el libro, el relato y la cifra.

 El Talmud, en el tratado de Kidushin 30a, nos enseña que a estos antiguos Sofrim que se llamaban así no porque eran escribas, sino porque solían contar todas las letras que hay en la Torá. En ese ejercicio de contar letras, descubrieron los antiguos Sofrim que en nuestra Parashá se encuentra el la mitad de la Torá. Es decir, de las 304805 letras que tiene una Torá, la letra de la mitad está en esta Parashá. Lo mismo sucede si buscamos el medio de la Torá en las 79.847 palabras de la Torá, mientras que para encontrar el versículo que está en el medio de la Torá tendremos que esperar hasta la Parashá siguiente.

En realidad, los antiguos Sofrim evidentemente no contaban muy bien (o tenían una versión del texto ligeramente diferente a la nuestra), porque hoy en día que podemos verificar con computadores descubrimos que las conclusiones a las que ellos arriban no son precisas. Ya en tiempos talmúdicos aparecen rabinos que cuestionan estas cuentas.

 Pero aún así, consciente de que esto no es técnicamente preciso, encuentro fascinante el hallazgo de los Sofrim acerca de las palabras que según la cuenta de ellos están en el medio de la Tora. Dice el versículo completo:

  “Entonces Moisés preguntó por el macho cabrío de la expiación, pero se encontró con que ya había sido quemado. Enojado contra Eleazar e Itamar, los hijos que habían quedado de Aarón, dijo”

  Los sofrim encuentran el ‘medio’ de la Torá en la palabra ‘preguntó’ que podría también traducirse como ‘inquirió’ o ‘exigió’ ya que en hebreo dice ‘darosh darash’. La raíz hebrea ‘d.r.sh.’ que encontramos en este versículo es la misma que se utiliza para palabras como Midrash o para Derashá (prédica o sermón). Es decir, en el centro de la Torá está la palabra que alude a la actividad más importante que los judíos hacemos con el texto bíblico, que es precisamente interpretarla.

  A menudo oímos que el pueblo judío es ‘el pueblo del libro’ y nos enorgullecemos de esto como si fuera un ‘invento’ judío el darnos ese nombre. Quizá se sorprendan al saber que fueron los musulmanes los que nos regalaron ese apodo, que aparece por primera vez en el Quran en su tercer capítulo (o Sura). El pueblo judío, parafraseando a Marc-Alain Ouaknin (ver ‘El libro quemado’, Ed. Riopiedras, 1999) no es el pueblo del libro, sino el pueblo que está llamado (o condenado) a interpretar ese libro, a entenderlo, a explicarlo, a expandir su horizonte de sentido.

  Contra los que creen que la tradición judía es el reflejo estático de un texto antiguo, responden los sabios enseñando que el judaísmo es precisamente todo lo contrario. Es el ejercicio constante y dedicado de interpretación y creatividad acerca de ese texto que precisamente entonces deja de ser antiguo para transformarse en eterno.

 Es muy común que alguien venga a decir que algo que hacemos (o que no hacemos) está ‘mal’ porque la Torá dice otra cosa. Resulta muy importante entender, que mientras hubo otras religiones que se apegaron a la letra literal del texto para establecer sus prácticas y costumbres, los judíos desde siempre hemos trabajado el texto en sus variadas interpretaciones para construir un sentido diferente al de lo literal.  Sólo a modo de ejemplo, en nuestras sinagogas se ha comenzado a contar el Omer el día segundo día de Pesaj. Este año, eso coincidió con un sábado por la noche, pero en muchos otros años no. Como el texto de la Torá dice ‘al otro día del Shabat’, hubo en la antigüedad quienes proponían que el Omer se cuenta siempre comenzando por un sábado por la noche. Sin embargo, el año pasado o el año próximo, Pesaj caerá en otro día de la semana y nosotros comenzaremos a contar el Omer la segunda noche y no un sábado por la noche. ¿Por qué lo hacemos así? Porque la forma que nuestro pueblo tiene de entender ese versículo no es literal. Porque las palabras del Dios viviente cobran un dinamismo especial en la tradición judía y no siempre lo que el texto dice literalmente es lo que el texto dice en su sentido judaico.

 Del mismo modo, nuestros sabios se corrieron de la literalidad del texto para abolir la pena de muerte, para ser un poco menos represivos con los ‘hijos rebeldes’ o para tener una actitud más amigable con el extranjero. Así, las tradiciones liberales han entendido que esta creatividad interpretativa es la herramienta para construir un judaísmo más inclusivo, más respetuoso de las diferencias, más moderno y dinámico. Si fueramos el pueblo que ciegamente obedece la letra del libro, aún estaríamos lapidando hijos rebeldes, realizando sacrificios y comenzando a contar el omer un sábado por la noche.

 Pero en nuestra esencia, en el medio simbólico del texto vital de nuestra civilización está la idea de una interpretación constante, de una lectura que no es esclava de las palabras sino que las libera y las dota de infinitos horizontes de sentido.

 ‘Darosh darash’, inquirir, preguntar, interpretar son las palabras que están en el centro de nuestra Torá, en el corazón de nuestro texto sagrado, quizá no porque con exactitud allí esté el centro sino porque es en esas palabras que está la esencia del judaísmo.

 

Shabat Shalom

Rab. Guido Cohen.

Asociación Israelita Montefiore – Bogotá, Colombia.



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