Viernes 15 de abril 2016

Shabat Metzorá (Hagadol)

Parashat HaShavua

“Lashón ha-rá”

Pureza e impureza son dos categorías bíblicas que nos resultan muy extrañas hoy en día. De hecho, no tienen que ver con la higiene; con cuán limpio se está por fuera , ni con el perfume que uno usa. Tampoco tienen que ver con la ropa que uno elija vestir, el maquillaje y la producción que uno se haga o la calidad de sus zapatos.

Las categorías de pureza e impureza que estamos leyendo en la Torá en el Libro de Vaikrá, tienen que ver con otra dimensión: la de la ética.

Es allí donde, dicen nuestros rabinos, se manifiesta la verdadera pureza o no, ya sea aquella que pasa por los preceptos religiosos, como la que tiene que ver con los sentimientos más básicos del ser humano.

Es interesante advertir que la Torá comienza por aquello que ingerimos.

Algo así como “lo que nos metemos adentro” desde afuera.

Hece 2 semanas, en Parashat Sheminí, leímos sobre las leyes de Kashrut y los alimentos permitidos y prohibidos.

Pero a partir de la semana pasada con Parashat Tzría, y ésta, con Parashat Metzorá, estamos leyendo y tratando de entender, sobre aquello que sale desde adentro de nosotros y hacia afuera.

Cómo deberíamos reaccionar frente a algunos fenómenos naturales, moralmente neutros, para que sean registrados, desde nuestra conciencia y desde nuestra actitud ética, como puros. Desde la sangre, el semen y los fluidos del cuerpo, hasta la tremenda e inexplicable experiencia de crear una nueva vida y dar a luz.

Ninguno de estos episodios podía quedar como algo obvio, o pasar inadvertido. Era imprescindible una toma de conciencia y un encuadre religioso y espiritual, que en aquellas primeras épocas del desarrollo del Judaísmo, se daba a través de los korbanot: las ofrendas que intentaban hacerse Karov, es decir acercarse a D´s.

Lo mismo pasaba con las enfermedades; especialmente aquellas que se veían claramente, como las enfermedades de la piel y los brotes; especialmente de lepra.

El hombre era entendido como una Unidad psico-físico-espiritual; no como reductos separados. Y probablemente el Cohen, era el sacerdote, y también el médico y el psicoanalista; como una especie de Chamán de los pocos que aún quedan.

Pero para el Judaísmo rabínico, aquél que interpretó, desarrolló y consolidó las primeras ideas revolucionarias de la Torá, no había nada, entre las cosas que salen desde adentro y hacia fuera, más valorable éticamente, que la palabra.

Ellos entendieron al Metzorá, literalmente leproso, como MOTZÍ-SHEM-RA, el chismoso y calumniador; aquel que lleva y trae.

Aprendieron esto de Miriam, la hermana de Moshé, que quedó leprosa después de hacer “lashón-ha-rá” de su hermano, a propósito de un affaire que tuvo con una mujer etíope.

Miriam quedó enfermizamente blanca como la nieve, por hablar mal o bien, pero fuera de lugar, sobre Moisés y esa otra mujer negra [kushit].

No es sólo lo que nos metemos en el cuerpo, lo que es kasher o no. No es sólo lo que viene desde afuera lo que impurifica. También es lo que sale de adentro, especialmente lo que decimos y y también lo que callamos.

Lashón-ha-rá es una enfermedad ética, que como dicen JAZAL, afecta a 3: al enfermo que la dice, al idiota útil que la escucha y la proponga, y a la persona o las personas de quien se dice lo que se dice.

Como toda enfermedad, debe curarse, desde lo médico, desde el daño psicológico y desde la búsqueda de sentido.

El problema es cuando se extiende, contagiosa como la lepra bíblica, sin que nadie haga nada para detenerla. 

Empecemos por casa. Hay un fabuloso remedio y muy barato para contrarrestar esta plaga: Saben cuál es? cerrar la boca.

Empecemos por callar lo que no sea relevante. Porque a veces si es importante hablar, como cuando nos hacían creer en la época de la dictadura militar en la Argentina, que el Silencio es salud, y en realidad era complicidad.

Como cuando miramos para otro costado frente a la injusticia, la falta de libertad, la pobreza y la marginación, en nuestra casa y en las calles de algunos barrios de San José, Bogotá, o cualquier ciudad del Mundo.

Lo TAMÉ y lo TAHOR, lo puro y lo impuro, se miden a través de ese prisma; el de las cosas que no se ven ni se dicen solo afuera.

Siempre me fascinó el arte de Marcel Marceau, fallecido en el 2007. Su maravilloso arte, aún en sus años de vejez, es el de decir tanto sin emitir un sólo sonido.

Además, nos queda de este artista genial, de familia judía y sobreviviente de la Shoá, una enorme enseñanza de vida, que se ajusta a la interpretación judía de la lepra y el chisme: Hablar menos, y decir y hacer más.

 

Shabat Shalom!

 

Rabino Darío Feiguin

Congregación B´nei Israel, Costa Rica.



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