Viernes 20 de mayo 2016

Shabat Kedoshim

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Leemos Parashat Kedoshim, ya promediando el libro de Vaikrá. Ésta es probablemente una delas parashiot más difíciles de la Torá a la hora de buscar algo para compartir, no porque carezca de contenidos, sino todo lo contario, ya que a pesar de su corta extensión (tan solo dos capítulos) la cantidad de premisas éticas, morales y significativas para nuestros días que transmite es inmensa. Tanto es así que ya el inicio nos indica que esta parashá es distinta al partir con una suerte de aspiración utópica en la que Dios le ordena a Moshé repetir ante toda la congregación de los hijos de Israel: “Santos sean porque Santos soy Yo, Adonai, su Dios”. ¿Qué es esto de ser santos? Claramente la santidad no es una cualidad a la que llega el ser humano por más que se esfuerce, pero puede ser una aspiración que guíe a éste en su recorrido de vida, en sus relaciones personales, en su vida privada, una visión que es central en cada mitzvá de esta parashá.

Cada tema que insinúa esta parashá es a su vez un indicio a una forma de vida más santa, un título a desarrollar por cada uno. Tal vez su corta extensión nos invita a que todo lo que el texto a nuestro parecer no dice sí lo digan las acciones de nuestro día a día. En esta parashá, por dar un ejemplo, encontramos el famoso “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, Yo soy Adonai (v.18)”, una mitzvá que es hermosa como principio moral pero que si no es plasmada de forma ética en acciones concretas pierde su valor.

Otra mitzvá de esta parashá, y aquí me voy a detener, se orienta hacia el tema de la justicia. Lamentablemente hoy en un mundo en el cual vivimos con la constante sensación de que no solo la sociedad no está siendo del todo justa, sino que muchas veces quienes deben impartir justicia tampoco lo son, en un tiempo en el cual percibimos que el abuso de poder para torcer la ley civil, moral, ética e incluso la misma ley divina a beneficio personal es desmedido y muchas veces descarado, la Torá nos vuelve a traer su mensaje eterno, ese que no cambia, que nos recuerda que a fin de cuentas la justicia no es subjetiva, no es según quién la imparta: “No harán perversión de justicia, no favorecerás al pobre y no privilegiarás al notable; con equidad juzgarás a tu prójimo (v.15)”. Las interpretaciones a este pasuk son múltiples. Como toda esta parashá, es un gran título que debe plasmarse en acciones concretas. Rashi equipara la perversión de la justicia a una abominación, favorecer al pobre sólo por el hecho de ser pobre es ceguera y caridad mal aplicada, lamentablemente muchas veces creemos que la parte más débil merece un juicio más favorable sólo por ser la parte más débil, y eso le quita su carácter de justa a la justicia. Lo mismo ocurre cuando alguien por poder o notabilidad tiene mayores privilegios, tuerce la mano de la justicia.

Más adelante incluso se nos advertirá: “No hagan perversión de justicia, en medidas de longitud, peso o volumen. Balanzas correctas, pesas correctas, medidas de áridos correctas y medidas líquidas correctas tendrán para ustedes; yo soy Adonai, su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto (v.35-36). Es increíble la comparación que hace la Torá en cuanto al valor de la justicia, a quien la imparte, al valor de ésta. La Torá equipara al comerciante con el juez mediante el término perversión para equipararnos a cada uno de nosotros, para demostrar que todos cargamos con la responsabilidad de ser justos y de portar ese valor, para enseñar que aquel Dios Todopoderosos que nos sacó de Egipto sabe si falseamos las pesas de nuestras balanzas.

Todos somos de alguna forma jueces locales de nuestras vidas y de nuestras relaciones, pero, ¿cómo se resuelve de forma justa cada conflicto? La respuesta es el final del pasuk 15 que vimos al comienzo: “con equidad juzgarás a tu prójimo” desde lo literal, donde todos tenemos aciertos y errores y somos iguales, otorgando el beneficio de la duda según el Talmud, considerando también los méritos. Muchas veces en la vida diaria nos toca asumir este rol de jueces y litigantes: en nuestros conflictos personales, relaciones de parejas, cuando somos quienes prestamos consejo, cuando pedimos ayuda y esperamos una respuesta sensata y en todas esas oportunidades debemos recordar y tener presente la invitación de la Torá a vivir una vida en kedushá, en santidad, donde nuestros juicios sean reales.

Cuesta ver una ética tan profunda en nuestra tradición y asumir que lamentablemente nuestra realidad sociopolítica, personal, comunitaria, laboral, etc, no es tan así, que es difícil cambiar las cosas, pero si cada uno asume un compromiso personal, si somos promotores de éste y todo el resto de los valores que la Torá nos lega probablemente contribuyamos a un mundo más justo, si al menos somos coherentes con nuestros reclamos nuestra voz se va a oír distinto y para eso debemos ser santos, o al menos aspirar a serlo.

 

Benjamín Alaluf

Estudiante del Instituto Rabínico Abrajam J. Heschel

 



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