Viernes 29 de enero 2016

Shabat Itró

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Lo valioso no es la vasija, sino su contenido

En la parashá de esta semana aparece la historia de la entrega de la Torá en el Monte Sinai. Sin dudas, es uno de los puntos cumbres del relato bíblico, quizás el acercamiento más intenso entre D”s y el hombre en toda la historia de la humanidad. D”s se revela al pueblo de Israel para entregarle lo que será su guía y tesoro más valioso: la Torá. Las leyes y enseñanzas contenidas en el Pentateuco iluminan la senda del pueblo judío hasta el presente.

Cuando en nuestros días se desea hacer un gran acto, un evento que tenga trascendencia y llame la atención, uno de los primeros puntos a definir es la búsqueda de un lugar adecuado. Los lugares en los que se hacen importantes anuncios, grandes celebraciones, actos políticos o culturales de gran nivel, no se eligen al azar, sino que son escogidos por su belleza escénica, su significado y su valor.

Pensemos entonces en la entrega de la Torá: ¿cuál hubiera sido un buen lugar para hacerla? En términos modernos posiblemente pensaríamos en un gran parque público, pleno de significado y hermosura;  o quizás en un gran teatro clásico, o un sitio de gran belleza arquitectónica. En términos antiguos, pues podría haber sido frente al Río Nilo y el esplendor del antiguo Egipto, o en algún lugar sagrado, como los sitios en que D”s habló con Abraham, por ejemplo. Si la intención divina era montar un “gran espectáculo” para un evento tan magno, el lugar a elegir debería haber sido muy especial.

Sin embargo, D”s determinó que la Torá habría de ser entregada en el desierto, o más exactamente en un monte en el desierto. Si reflexionan un momento sobre el asunto, el desierto es un lugar en el que la vida se desarrolla con suma dificultad, no es atractivo para estar, durante el día el calor sofoca, mientras que por la noche el frío acecha. No es un sitio agradable a la vista, el viento y la arena son ciertamente peligrosos, y en definitiva, es un lugar en el que la soledad y la muerte se presentan a cada momento.

¿Por qué entonces D”s eligió el desierto para entregar la Torá? ¿Acaso no había un lugar mejor? ¿No podía esperar hasta que el pueblo llegara a las bellas playas del Mediterráneo, o a las majestuosas montañas de la zona central de Israel? ¿Por qué el evento más importante en el relato de la Torá tenía que ocurrir justamente en el desierto?

Las respuestas a este interrogante clásico son muchas y variadas, mas me gustaría aquí comentar solo una de ellas. Un Midrash explica que D”s eligió al desierto ya que deseaba que los seres humanos apreciaran a la Torá por su propia gloria, y no por los adornos que podrían rodearla. Lo importante de la Torá no reside en lo que la envuelve, sino en lo que constituye en sí misma.

Si entendemos este Midrash en forma amplia, podemos aplicarlo a las relaciones entre los seres humanos: una persona, en última instancia, no es debe ser juzgada por su apariencia exterior, sino por sus cualidades intrínsecas. Si bien muchas veces hacemos juicios de valor (o “pre-juicios de valor”) sobre la gente por cómo visten o por cómo lucen, solo conociendo a las personas profundamente puede uno juzgarlas a cabalidad. Nadie es lo que aparenta ser, sino lo que hace, dice y siente. Explica el Pirkei Avot, que no debemos mirar la vasija, sino lo que hay en su interior: un buen envase no significa un buen producto, ni un mal aspecto exterior desmerece lo que hay adentro.

Un relato del Talmud puede ayudarnos a entender esta idea:

Se cuenta que la hija de un emperador romano se aproximó una vez a un sabio judío que tenía un aspecto rústico y desaliñado, y le preguntó: “¿por qué D”s puso tanta sabiduría en una vasija tan fea?”

El sabio le respondió con una pregunta: “¿dónde guardas tu vino?”

“En vasijas de barro”, fue la respuesta.

“Pero, ¿por qué no mantenerlo en recipientes de oro, que serían más apropiados para el delicioso vino?”

La princesa lo meditó un momento y decidió que la sugerencia era muy apropiada. Inmediatamente ordenó sacar el vino de las vasijas de barro y ponerlo en vasijas de oro. Unas semanas más tarde, durante una fiesta, sus sirvientes sirvieron el vino de sus nuevas y brillantes vasijas. Sin embargo, grande fue la sorpresa de los huéspedes al probarlo, ya que el vino tenía un sabor agrio. Las vasijas de oro, que lucían un magnífico aspecto exterior, no habían sido útiles para conservar el vino en buen estado.

Al día siguiente, la princesa fue a la casa del sabio y le preguntó por lo ocurrido. El sabio respondió: “las vasijas de barro parecían carentes de valor, pero mantenían el vino dulce y agradable, algo que las resplandecientes vasijas de oro no pudieron hacer. De la misma forma, no debes juzgar a tus semejantes por cómo se ven, la apariencia puede ser engañosa”.

En épocas en que se gastan fortunas por verse mejor, en que un buen aspecto parece ser el valor supremo, deberíamos recordar que no valemos por nuestra apariencia, sino por lo que somos. No debemos juzgar a la gente con prejuicios por cómo visten o lucen, sino que debemos esforzarnos para conocerlos mejor, más allá de cómo se vean.

Un vergel no necesariamente guarda riquezas, pero el árido desierto puede ser la cuna del tesoro más preciado: la Torá. Así también una persona puede tener una enorme riqueza interior, aunque en su exterior no luzca exactamente como los modelos de los anuncios publicitarios. Quizás por eso se entregó la Torá en el desierto, para enseñarnos que no debemos valorarla por donde se encuentra ni por su belleza exterior, sino por su verdadera y extraordinaria riqueza, que es su contenido.

 

¡Shabat Shalom!

 

Rabino Rami Pavolotzky.



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