Viernes 15 de enero 2016

Shabat Bo

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En esta Parashá, comienza la salida de Egipto. Se nos cuenta acerca de las últimas tres plagas (langostas, oscuridad y muerte de los primogénitos) que culminan con el Faraón rogando que los Benei-Israel se vayan de Egipto rápidamente. D’s endurece el corazón del Faraón luego de cada plaga para continuar con la siguiente y que el pueblo entienda que Él estaba con ellos y que era capaz de grandes maravillas.

Las plagas, entonces, no son para hacer que los egipcios le teman al pueblo, sino para que el pueblo comprenda la fuerza de D’s.

Durante las primeras nueve plagas el pueblo es pasivo, no se les pide absolutamente nada. Para la décima y última plaga, D’s les ordena que hagan un sacrificio y con la sangre del animal pinten los marcos de sus puertas. Así, D’s reconocería las casas de los Benei-Israel y podría saltearlas para solamente matar a los primogénitos de los egipcios.

Sin pensarlo demasiado en profundidad, podría sonarnos un poco extraño el pedido. ¿Por qué necesitaría D’s que el pueblo marque sus puertas para saber dónde no aplicar la plaga? Además, siendo que está intentando que el pueblo comprenda la magnitud de Su poder, ¿no era más fácil demostrar que Él podía diferenciar quiénes debían morir y quiénes no?

En el relato bíblico tenemos innumerables ejemplos de la sabiduría y el poder divinos. Por lo tanto, sabemos que Él no necesita que alguien marque cuál es una casa egipcia y cuál no, por lo que las marcas con sangre en las puertas no puede responder a una necesidad de nuestro Creador.

Si prestamos atención a las plagas, veremos que el pueblo no era afectado por las mismas. En el lugar donde vivían los Benei-Israel no pasaban las terribles cosas que pasaban en el resto de Egipto. Por ejemplo, mientras los egipcios no podían ver absolutamente nada por la plaga de la oscuridad, en las casas de los Benei-Israel había luz. Podemos asumir entonces que el pueblo ya comprendía que D’s podía diferenciarlos. 

Entonces, ¿Por qué D’s le pide al pueblo que marquen sus puertas?

Podemos pensar al pueblo como niños pequeños mientras son esclavos. Al principio, hay que hacer todo por ellos: alimentarlos, cuidarlos, llevarlos a cada sitio, etc. Además, necesitan ver para comprender que algo existe, porque no tienen la capacidad de imaginar o representar en sus mentes lo intangible.  Pero a medida que van creciendo, se les pueden aumentar las responsabilidades y se les piden cada vez más cosas, para que en unos años puedan valerse por sí mismos. Y con estas nuevas tareas, también se suman nuevas capacidades: pueden hacer cálculos, representar en sus mentes cosas intangibles, comprender conceptos más sofisticados, etc.

Al principio, D’s debió hacer todo el trabajo y el pueblo necesitaba ver para creer en Él. Una vez que comprendieron su poder y “crecieron” un poco, estuvieron listos para comenzar a dar sus propios pasos y tener responsabilidades. Es allí cuando D’s les pide que hagan algo ellos mismos para su liberación, que no esperen que todo venga del cielo y comiencen a ayudarse a ellos mismos a salir en libertad. Si leemos el versículo 12:13, veremos que dice “la sangre en las casas donde ustedes se encuentren les servirá de señal”. No es una señal para D’s, sino para el mismo pueblo. Es la señal de que se identifican como Benei-Israel y es la prueba para sí mismos de que están listos para ser libres.

Nosotros como pueblo fuimos creciendo, al igual que los niños. Habiendo pasado por la experiencia de la liberación de Egipto y por la travesía por el desierto, llegamos a Israel y fuimos “madurando” hasta llegar a la adultez. Hoy, ya no deberíamos necesitar ver para creer, porque tenemos la capacidad de representarnos en la mente aún lo que es intangible. No deberíamos necesitar de grandes señales para comprender que el mundo entero es una maravilla y que debemos estar agradecidos por las cosas increíbles que nos ocurren y tenemos; que estamos rodeados de grandes milagros.

El haber crecido también nos debería ayudar a comprender que nada ocurre si no hacemos algo al respecto. No somos más pequeños que necesitan que todo venga de sus padres. Ahora podemos accionar por nuestra cuenta y obtener los resultados que queremos con nuestro propio esfuerzo.

 Los milagros y las maravillas existen, pero no en las grandes demostraciones mágicas, sino en cada cosa que nos rodea: los nacimientos, los paisajes, la posibilidad de encontrarnos con gente que nos ama, etc. Pero para que cada una de esas cosas suceda para nosotros, debemos hacer algo: buscar una pareja para tener familia, viajar a los lugares a ver los paisajes, hacer actividades que nos relacionen con otros seres humanos, etc.

Ya crecimos. No podemos esperar que todo venga desde arriba. Si no trabajamos por lo que queremos, no podemos esperar que suceda. Ojalá empecemos a apreciar que nuestro poder para actuar y conseguir lo que deseamos también es un milagro.

Para terminar, les dejo un cuento que me contaron hace un tiempo, que resume un poco lo que quiero transmitir y además puede sacarnos una sonrisa:

 

Hubo una inundación muy grande en un pueblo pequeño. todas las personas buscaron la manera de salvarse, pero un hombre se quedó solo en ese lugar, subió al techo de su casa y rezaba incansablemente pidiendo que Dios lo salvara.

Éste, confiaba plenamente en el Señor y estaba seguro que lo salvaría, de repente fue interrumpido por un hombre que pasaba en una balsa invitándolo a subir, sin embargo el hombre respondió “Dios me salvará” y lo dejó ir.

Luego pasaron un hombre en un bote, luego una lancha y finalmente un helicóptero.

A todos los rechazó diciendo: “Dios me salvará.”

Finalmente se ahogó y llegó al cielo. Dios lo recibió a la entrada. El hombre, molesto, le dijo a Dios: “¿Por qué no me salvaste si yo confiaba en ti?”

Dios le respondió: “¿Y la balsa, el bote, la lancha y el helicóptero que te mandé?

 

Shabat Shalom!

 

Karina V. Gringaiz

Estudiante del Instituto Abarbanel – Coordinadora del Seminario Digital



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