Viernes 5 de mayo 2017

Shabat Ajarei Mot – Kedoshim

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¿Cuál es el versículo más importante de toda la Torá?

La pregunta suena desafiante. ¿Cómo elegir uno entre los 5845 que la componen? Rápidamente aparecen al menos una decena de posibilidades. Quizás valga la pena detener la lectura en este punto y hacer un intento por dar una respuesta a la consigna.

Me gusta hacer este ejercicio. Cada vez que tengo la oportunidad, planteo a mi audiencia la propuesta y escucho con atención sus selecciones. Si bien es cierto que no hay respuestas correctas, las mismas nos dicen mucho sobre la propia cosmovisión religiosa. 

En el Midrash (Bereshit Rabá 24:7) encontramos la opinión al respecto de dos destacados rabinos de la primera mitad del siglo II E.C.: Rabí Akiva y Shimon Ben Azai. El primero escoge el consabido  versículo que aparece en Parashat Kedoshim: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo Yo soy Adonai” (Lev. 19:15) y el segundo opta por uno menos conocido: “Este es el libro de las generaciones de Adán. El día que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo.” (Gen. 5:1)

¿Sorprende la elección? Cuando cito este texto la primera reacción que observo es la desconfianza mezclada con un poco de decepción. Las “apuestas” iban más por el lado de la fe o de ciertas mitzvot especificas. La audiencia esperaba de estos dos grandes maestros una respuesta más “religiosa”, ya sea la creencia en Dios o la observancia de determinados preceptos rituales.

El rabino Joseph Telushkin en la introducción a su libro Código de Etica Judía, llama la atención sobre este mismo fenómeno. Afirma que en nuestros tiempos cuando dos judíos están conversando sobre la religiosidad de un tercero, claramente se refieren a su observancia en aspectos rituales. Es religioso si es Shomer Shabat, o si come Kosher.

Sin embargo, y aun con sus diferencias, tanto Rabi Akiva como Shimon ben Azai comprenden que la Torá en esencia nos habla fundamentalmente sobre la dignidad humana, el respeto por cada criatura. La elección de ambos versículos es una afirmación como hombres de fe, sobre nuestra responsabilidad y nuestro compromiso hacia toda persona, ya sea por amor (Rabi Akiva) o por igualdad (Ben Azai).

En esa misma dirección podemos mencionar la conocida historia talmúdica (Shabat 31ª) del gentil que desea convertirse si le explican brevemente (“en el tiempo en que estoy parado en un solo pie”) que es el judaísmo. “Aquello que no te gusta que te hagan a ti, no se lo hagas a los demás. Eso es toda la Torá, el resto es comentario, ahora ve y estudia.” Con esas palabras le respondió Hilel, uno de los grandes maestros de nuestro pueblo que vivió al inicio de la Era Común.

Y no crean que Hilel era un judío poco practicante. Todo lo contrario. Era un hombre de fe y de mitzvot. No obstante, para Hilel el judaísmo es en esencia, fundamentalmente ético. El estudio serio y profundo de los textos judíos (”ahora ve y estudia”) debe aspirar a desarrollar y poner en práctica un estilo de vida que sustente aquel principio rector.

Lo que hay que dejar claro es que para la tradición judía nunca existió este fenómeno contemporáneo de disgregar lo ético de lo religioso. Así lo demuestran no solo los textos rabínicos que citamos (y hay muchos más) sino también el texto inicial de Parashat Kedoshim, el capítulo 19 de Vaikrá (Levítico) conocido como el Código de Santidad.

Allí, el llamado divino a “ser santos” (que por cierto está en plural, recordándonos que es imposible alcanzar la santidad en soledad) incluye una combinación ecléctica en donde conviven elementos puramente rituales, cuestiones de fe, de conducta en nuestras relaciones familiares, comerciales y nuestra responsabilidad hacia la sociedad y todos sus integrantes.

Limitar nuestra experiencia judía solo a cuestiones denominadas “religiosas” constituye una tergiversación de su sentido primigenio pero además resulta una afrenta a nuestras convicciones como individuos de fe.

En palabras de Martin Buber, (La pregunta silenciosa) notable filósofo judío del siglo XX: “Una verdadera relación con Dios no se puede lograr si las relaciones “humanas” con el mundo y con la humanidad están ausentes. Tanto el amor al creador como a aquello que ha creado son finalmente uno y lo mismo.”

 

Que nuestras vidas den testimonio de ello.

 

Shabat shalom 

Gustavo Kraselnik

 



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