Jueves 24 de diciembre 2015

Parashat Vaieji

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“El suelo estará por consiguiente maldito debido a ti. Obtendrás comida de él con angustia todos los días de tu vida. Producirá espinos y cardos para ti, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan. Finalmente retornarás al suelo, puesto que fue del suelo que fuiste tomado. Eres polvo, y al polvo retornarás.” (Ber. 3:17-19).

La sentencia que antecede, querido amigo, es la condena que nos dictaron en un juicio al que no asistimos ni pudimos defendernos. Todas las vicisitudes por las que pasa nuestra vida, todas las vueltas de esa calesita y los altibajos de esa montaña rusa a la que llamamos -en un extraño consenso- “vida”, están perfectamente descriptas al principio de la Tora. Lo que le pido es que no se ponga mal ni empiece a preguntarme por qué entonces gasta tiempo tremendamente valioso en estudiar semana a semana las distintas parashiot y sus correspondientes enseñanzas, porque no lo sé.

Es verdad que durante toda la vida lo único que hacemos es pensar en lo que queremos ser, para poder llegar a ganarnos la vida de eso. Es verdad, también, que muchas veces nos conformamos -o más bien nos tenemos que conformar- con otra cosa. Pero lo cierto es que, en definitiva, el objetivo pareciera ser juntar toda la que podamos para poder pasar sin pena ni gloria esta realidad. Y al final, qué es lo que pasa? se termina el camino y aparece ese cartel grande que dice GAME OVER. Hasta acá llegaste, campeón. Mejor suerte la próxima. Ahora, el turno es de lo que formamos y creamos: los hijos y los hijos.

Pero no me mire con esa cara, que no es momento para ponerse mal. Déjeme explicarle un poco a qué me refiero con esto de juntar toda la que podamos, porque yo sé que eso es lo que le preocupa de verdad. Hace muchos años, antes que existieran los kipes de un lado del mundo y el guefilte fish del otro; antes también de que existiera una u otra forma de cantar el Leja Dodi, una persona moribunda en lo que hoy sería Egipto decidió instaurar una práctica que se convirtió en una fuerte tradición hasta el siglo pasado: las tzavaot o testamentos éticos. Algunos creen que el individualismo que envolvió al mundo durante los últimos años hizo que esta tradición desapareciera, pero basta con fijarse lo que pasa alrededor nuestro -pobreza, corrupción, terrorismo- para darse cuenta que tal individualismo no existe, y que la desaparición será una mera cuestión de suerte y/o casualidades varias.

Permítame volver un poco a las tzavaot porque esta es una historia de las que vale la pena. Estamos en Egipto, más precisamente en Goshen, aproximadamente en el año 1859 A.E.C., y ese que ahora ve acostado, que parece haberlas pasado todas en la vida -y déjeme asegurarle que así fue- se llama Yaacov. Sí, el mismo. El que está en el top five de los nuestros. En este momento le está dando sus últimas palabras a sus hijos. Los mira a los ojos con sus últimas fuerzas pero con una mirada penetrante, sabia. Los advierte de cómo será el futuro, los bendice y les pide una sóla cosa: que lo entierren junto a sus padres, en la tierra de Canaán. Sí, así como lo escucha. No divide bienes, no pide firmas ni está rodeado de abogados y escribanos. Yaacov acá decide dejar en claro una sóla cosa: a diferencia de los bienes materiales, los ideales son eternos y son los que le dan sentido a la vida. Tal como lo diría muchos años después Jonathan Sacks, las personas pueden envidiar a alguien por lo que ganan o lo que tienen, pero admiran a otros por lo que son y los principios que siguen, y Yaacov quiere que sus hijos tengan claro que es mejor ser admirado a envidiado.

Yaacov también deja claro que los valores no son entes independientes flotando en un éter, sino que perduran mientras estén atados a prácticas que los materialicen en este mundo. De ahí el pedido de ser enterrado en la tierra de sus padres, y de ahí mismo el respeto de todo Egipto por quien siempre fue auténtico y coherente con su historia. Ni más, ni menos.

Esta parasha nos regala, no sólo el testamento ético elaborado por Yaacov -que vería la luz por primera vez para ser retomado luego por personajes como Moshe, el Rey David y otros- sino la muestra de que la coherencia es el mejor método de enseñanza. Y si no me cree, busque al final de la Parasha quién pidió que se llevaran sus huesos de Egipto para ser enterrado en la tierra de sus padres.

Ahora, querido lector, pensemos juntos. La condena que le traje al principio, podrá ser que no esté firme y que todavía podamos zafar de ella? Sí, y yo le voy a decir cómo. Eso sí, como es un secreto le voy a tener que pedir que quede entre nosotros. El de arriba no quiere muchos avivados.

La historia es muy simple: viva de acuerdo a sus ideales, procure desafiarlos constantemente y -si lo ve necesario- cambiarlos. Transmita esos valores a sus hijos, sus padres, sus amigos, sus compañeros de viaje en el subte, discútalos, porque esos ideales son lo más importante que tiene y lo único que va a hacer que cada día sea una aventura distinta y que pueda dejar este mundo sabiendo que no daba lo mismo sin su aporte. Bueno, tal vez no era taaan simple.

Jonathan Meta

Seminario Rabinico Latinoamericano



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