Jueves 31 de diciembre 2015

Parashat Shemot

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Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses.” (Éxodo 2:1-2)

En el libro de los Nombres-Shemot, los tres personajes de este versículo permanecen anónimos. Quien conoce la literatura bíblica sabe igualmente quienes son nuestros personajes en cuestión, Amram se casó con Iojeved y concibieron a Moshé. Sin embargo la pregunta se mantiene ¿Por qué la Torá no nos presenta sus nombres desde el comienzo?

Quiero invitarlos por un momento a pensar en algunos de los momentos más trágicos de la historia judía. Imaginen un campo de esclavos hebreos siendo castigados de día y de noche por los egipcios en el año 1300 a.e.c. Imaginen el Templo de Jerusalém siendo arrasado por los romanos y matando a miles de judíos a su paso en el año 70 d.e.c. Imaginen una noche fría de invierno en el campo de concentración de Auschwitz en 1943. Momentos de dolor, de incertidumbre, de muerte, de persecución, de opresión…

Ahora imaginen en cada uno de estas fatídicas fechas una joven pareja judía. Una pareja quizás en sus veinte o en sus treinta. Una pareja que decide tener un/a hijo/a en medio de tamaña tragedia. ¿Cómo se puede comprender este impulso? ¿Cómo se puede entender que tanto en la esclavitud de Egipto o en medio de un campo de concentración de Polonia cientos y miles de niños y niñas judías fueron concebidos y traídos al mundo? ¿Cómo podemos traer un hijo o una hija a un mundo lleno de dolor, injusticia y terror?

El Talmud (Sotá, 12a) nos cuenta que Amram al escuchar el dictamen del Faraón, el cual obligaba a tirar al río a todo bebé hebreo, decidió divorciarse de su mujer. Su primer instinto fue que todo era en vano. Que de nada servía traer un hijo al mundo para que luego sea exterminado por el Faraón. Según el Midrash todos los hombres de Israel de aquel entonces lo imitaron y divorciaron a sus esposas. Sin embargo algo le hizo cambiar de parecer. Su hija, Miriam, se rebeló contra su padre diciéndole que su “dictamen es peor incluso que el del Faraón. El faraón decretó contra los niños nada más mientras que tu [al abstenerte de traer hijos al mundo] has decretado contra los niños y contras las niñas.” Una niña se rebela contra su padre y le hace revisar su posición. El Talmud concluye diciéndonos que Amram decide “tomar” nuevamente a su esposa, y luego todos los hombre de su generación imitan su accionar.

Todos, creo yo, podemos empatizar con Amram. Todos, creo yo, podemos empatizar también con Miriam. Amram y Miriam son las dos voces de nuestra conciencia. ¿Es correcto traer hijos a un mundo cruel? Amram nos dice que no. Miriam nos dice que sí. Amram nos dice que debemos evitarles el sufrimiento, que es mejor no haber nacido que haber nacido. Miriam nos dice que vale la pena intentarlo, que no hay que perder las esperanzas, que hay que apostar a la vida, al cambio y al futuro.

Amram y Iojeved, siguiendo el consejo de su hija Miriam, deciden apostar a la vida en un ambiente hostíl. En medio de la esclavitud de Egipto recobran su fe y apuestan al futuro. Al igual que miles de hombres y mujeres que a lo largo de la historia -aún en los momentos más oscuros de la humanidad- decidieron apostar a la vida. El Midrash (Shemot Rabá, edición Shinan, 1:20) nos cuenta que el día que nació Moshé “toda la casa se iluminó”. Moshé trajo luz a un mundo oscuro. Un nuevo nacimiento trajo esperanzas de un futuro mejor.

Cada nacimiento trae luz a un mundo cubierto de tinieblas. Cada niño o niña que nace trae consigo una luz interior que no solo ilumina su hogar sino que tiene la capacidad de iluminar a todo el mundo. Cada nuevo bebé ilumina a un mundo oscuro con el “Or HaGanuz”, con la luz reservada por Dios desde el momento de la Creación para los justos y para los recién nacidos. Cada nacimiento es una apuesta a la vida. Cada vez que dos padres deciden tener un hijo no solo cumplen con el primer mandato bíblico, el mandato de Prú uRbú, el mandamiento de crecer y multiplicarse, sino que cumplen también con el desafío bíblico de ubajartá bajaim, el desafío de elegir la vida. Cada niño o niña que nace es un compromiso con la vida, con el futuro. Cada niño o niña que nace puede ser el Moshé de nuestra generación, puede ser el líder que libere a la humanidad de la crueldad, de la guerra o del hambre.

Volvamos entonces a nuestra primera pregunta ¿Por qué la Torá no especifica que está hablando de Amram, de Iojeved y de Amram? ¿Por qué tanto anonimato?  Porqué la Torá nos está hablando a todos nosotros. El Talmud (Rosh Hashaná 25a) sugiere que cuando deliberadamente la Torá no detalla los nombres de ciertos personajes es porque quiere decirnos que no está hablando solamente de ellos sino que le está hablando a todas las generaciones que vendrán, en todas las personas que podrían estar en un futuro en esa posición. Shemot sin Shemot, nombres sin nombres. Hay quienes ante el dolor pierden las esperanzas, hay quienes aun en medio del dolor mantienen su fé, su esperanza y apuestan a un mundo mejor. En nosotros está la decisión.

Ubajartá Bajaim!

Uriel Romano
Estudiante del Instituto Heschel



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